Agradecidos en momentos difíciles

gratitud

Algunas cosas no fueron hechas para coexistir. ¿Gatos de cola larga y mecedoras? Una mala combinación. ¿Toros en una habitación con objetos de porcelana?

No es una buena idea.

¿Bendiciones y resentimiento? Esta mezcla no va bien con Dios. Combine la bondad celestial con la ingratitud terrenal, y espere un brebaje amargo.

La gratitud no es algo natural, pero la autocompasión sí lo es.

Nadie tiene que recordarnos que demostremos de vez en cuando nuestro enojo. Lo cual no hace buena liga con la bondad que hemos recibido. Una dosis extra de gratitud es lo que necesitamos.

En el libro de Génesis leemos acerca de José, un hombre que recibió una porción muy generosa de gratitud. Tenía muchas razones para ser desagradecido.

Sin embargo, por mucho que intentemos encontrar señales de amargura en su historia, lo que descubrimos son dos dramáticas demostraciones de gratitud.

“Y nacieron a José dos hijos antes que viniese el primer año del hambre, los cuales le dio a luz Asenat, hija de Potifera sacerdote de En.

Y llamó José el nombre del primogénito, Manasés; porque dijo: Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre. Y llamó el nombre del segundo, Efraín; porque dijo: Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción” (Gn 41.50-52).

¿Cree que Dios vio la acción de José? Un relato del Nuevo Testamento puede ayudarnos a entender cómo se siente Él en cuanto a la gratitud. Muchos siglos después, “Jesús… llegó a la frontera entre Galilea y Samaria.

Al entrar en una aldea, diez leprosos se quedaron a la distancia, gritando: ¡Jesús! ¡Maestro! ¡Ten compasión de nosotros!” (Lucas 17.11-13 NTV).

Aunque no sabemos cómo llegaron, sí podemos estar seguros de lo que gritaban: “¡Inmundo! ¡Inmundo!” La advertencia era innecesaria.

Su aspecto —la piel ulcerada y las piernas amputadas— hacía que la gente se alejara de ellos. Jesús escuchó su clamor, y les dijo: “Vayan y preséntense a los sacerdotes” (v. 14). Los leprosos entendieron el significado de la orden. Solamente el sacerdote podía declararlos limpios.

Para honra de ellos, los leprosos obedecieron. Para honra de Jesús, ellos fueron sanados, y la masa de desdicha humana se convirtió en un jubiloso coro que brincaba y daba saltos por la sanidad recibida.

Jesús los observaba mientras se alejaban danzando, mientras esperaba su regreso. ¿Por qué razón? Porque quería reunirse con ellos para escuchar sus historias.

Pero solo uno de ellos, cuando vio que estaba sanado, volvió donde estaba Jesús, gritando: “¡Alaben a Dios!” Cayó a los pies de Jesús, dándole las gracias por lo que había hecho. Este hombre era un samaritano.

Jesús preguntó: “¿No sané a diez hombres? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Ninguno volvió para darle gloria a Dios excepto este extranjero? (vv. 15-18 NTV).

Hasta Jesús se sorprendió. ¿Dónde estaban los otros nueve? Es fácil hacer conjeturas. Algunos estaban demasiado ocupados para estar agradecidos.

Habían pensando darle las gracias, pero primero tenían que encontrarse con los miembros de sus familias, los médicos y los vecinos. Algunos eran demasiado cautos para estar agradecidos.

Se cuidaban de no manifestar alegría, manteniendo sus esperanzas a bajo nivel. Quizás otros eran demasiado egocéntricos para estar agradecidos.

Demasiado ocupados, demasiado cautos, demasiado egocéntricos… ¿Se aplica esto a nosotros? Si esta historia sirve de indicio, nueve de cada diez personas sufren de ingratitud. La proporción es epidémica. ¿Por qué razón?

Puede que haya descubierto la respuesta en un viaje que hice hace poco. Estaba volando a casa cuando una tormenta de nieve retrasó mi llegada a Dallas.

Corrí a la puerta de embarque con la esperanza de tomar el último vuelo de la noche a San Antonio.

La aerolínea ya había abordado pasajeros extras en mi avión.

Pero le pregunté a la acomodadora si quedaban puestos disponibles. Ella miró la pantalla de su computadora, y dijo: “No… me temo que…”

Pensé que iba a decirme que tendría que tomar un vuelo a la mañana siguiente. Pero en vez de eso, levantó la mirada y sonriendo me dijo: “Me temo que no hay más asientos en clase turista. Vamos a tener que mandarlo a primera clase”.

Se podrá usted imaginar lo agradecido que estaba. Pero no todos los pasajeros estaban tan agradecidos. Alguien al otro lado del pasillo estaba enojado porque tenía solamente una almohada.

Con el personal de a bordo bregando para cerrar las puertas y prepararse para el retraso en la salida, esa persona se estaba quejando del servicio deficiente. Pero al lado del pasillo estaba yo sonriendo como un tipo que se había ganado la lotería sin comprar el boleto.

Un pasajero se quejaba, mientras que el otro estaba agradecido. ¿A qué se debía la diferencia? El enojado había pagado por el boleto de primera clase, mientras que mi asiento había sido un regalo. ¿En cuál lado del pasillo se encuentra usted?

Si siente que el mundo le debe algo, prepárese para una vida de horas amargas. Usted nunca recibirá un reembolso.

El cielo nunca será suficientemente azul; el bistec no estará suficientemente cocinado; el universo no será suficientemente bueno para merecer a un ser humano como usted. Sufrirá una crisis nerviosa y entre enojos se irá a la tumba.

Pero las personas agradecidas se concentran menos en las almohadas que no tienen, y más en las bendiciones que sí tienen. ¿Y por qué razón no deberíamos estar agradecidos? Jesús curó nuestra lepra —el pecado que ulceró nuestras almas— cuando nos encontramos con Él.

Pero ¿qué de los días malos? ¿De las noches cuando no podemos dormir, y de las horas cuando no podemos descansar? ¿Qué de los días penosos y llenos de dolor cuando pasamos por necesidades o un amigo se olvida de nosotros?

¿Se puede estar agradecido en esas circunstancias? Jesús lo estuvo. “La noche en que fue traicionado, el Señor Jesús tomó pan y dio gracias a Dios por ese pan. Luego lo partió en trozos…” (1 Co 11.23, 24 NTV).

No se ven con frecuencia las palabras “traicionado” y “agradecido” juntas, y mucho menos en el mismo corazón. Jesús y sus discípulos estaban en el aposento alto. Judas estaba sentado en una esquina. Pedro estaba sentado a la mesa. Uno traicionaría a Jesús; el otro lo negaría.

Jesús lo sabía, pero la noche en que fue traicionado dio gracias. En medio de la más oscura noche del alma humana, Jesús encontró la manera de dar gracias.

Cualquiera puede dar gracias a Dios durante la luz del día, pero Jesús nos enseñó a dar gracias en medio de la oscuridad de la noche.

La gratitud nos ayuda a superar los momentos difíciles. Reflexionar en las bendiciones que Dios nos ha dado, es repasar las victorias de Dios.

Repasar las victorias de Dios es descubrir su corazón. Y descubrir su corazón es descubrir no solamente las cosas buenas que Él da, sino además al Buen Dador. La gratitud nos ayuda a mirar a Dios, y a cambiar la amargura por algo mejor.

Charles Stanley

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