Aprendiendo a resistir al Diablo

¿Cómo podemos resistir al diablo? Esa fue una pregunta de vital importancia para Jesucristo y sus apóstoles. Nuestro Señor tuvo que resistir al diablo repetidamente. ¿Recuerda usted?

El dijo en más de una ocasión: “¡Apártate de mí, Satanás!”. Sus seguidores aprendieron eso de El. Pablo trató de enseñar a sus compañeros a estar firmes en contra de las artimañas del diablo.

Pedro los exhorta: “resistidlo firmes en la fe”. Y Santiago, el hermano del Señor, dio a la iglesia este mandamiento con una promesa: “Resistid al diablo, y huirá de vosotros”.

Yo me asombré cuando leí por primera vez estas palabras escritas tan naturalmente. Los escritores del Nuevo Testamento no dudaron la existencia de Satanás.

Ellos lo dieron por sentado. Cuando dijeron: “resistid al diablo”, estaban seguros que los cristianos en cualquier parte sabían lo que ellos querían decir.

Muchos modernistas rehúsan hablar acerca del diablo como si esto fuera una cruda superstición. Aún entre algunos que profesan la fe de Cristo, este es un asunto incierto. Muchos no están seguros que exista un “maligno”, un enemigo personal de Dios y sus propósitos.

Ellos tratan de explicar la batalla espiritual descrita en el Nuevo Testamento en términos psicológicos como si se tratara de un “enemigo imaginario”. Para ellos, el hablar en serio de resistir al diablo no tiene sentido ni interés.

Debemos de recordar que las negaciones de la existencia de Satanás y sus obras no están basadas sobre ninguna evidencia. Nada ha sido descubierto o demostrado que pueda refutar el testimonio del Nuevo Testamento.

Este no es un hecho en contra de la ficción o el conocimiento moderno en contra de la ignorancia antigua. Este es un problema básico, especialmente cuando la Palabra de Dios nos revela el trabajo de Satanás y de su mundo.

La revelación de Dios en Cristo abrió un mundo nuevo de conciencia en todos los que la recibieron. Cuando los cristianos creyeron la Palabra acerca del majestuoso gobierno de Dios por medio de Jesucristo, ellos descubrieron también que otro reino se le oponía.

El reino de las tinieblas fue tan real para ellos, como el reino de la luz. La Palabra de Dios les abrió los ojos a una guerra que para las mentes incrédulas era invisible.

Es posible que el escepticismo de hoy no provenga de nuevos aprendizajes, sino de la pérdida de vitalidad espiritual.

Tratemos de mirar la realidad del mal a través de las Palabras de Jesús y sus apóstoles. De acuerdo con ellos, Satanás, el tentador, el diablo es sobre todo contra Dios.

Aunque es una criatura, él ha desafiado la autoridad de Dios y ha establecido un reino sin ley. Su único propósito es impedir el designio de Dios, abolir Su autoridad y, si fuera posible, tomar Su lugar. Se opone a los seres humanos y busca destruirlos porque ellos fueron hechos a la imagen de Dios.

Su maldad es dirigida especialmente contra los cristianos porque ellos pertenecen a Dios y sirven a sus propósitos. Ellos amenazan su reino.

Su intento es apartarlos de Dios, ya sea por medio de asustarlos o de atraerlos a unírsele en rebelión. Y cuanto más un hombre o una mujer, un grupo o un ministerio, se identifique con Jesucristo y se comprometa con sus propósitos, más se les opondrá el diablo y sus emisarios.

Resistir al diablo significa resistir sus ataques; es rehusar sus propuestas. ¿Cómo pueden los creyentes hacer eso? Primero y fundamentalmente, escribe Santiago, Ellos tienen que acercarse a Dios. ¿No es una frase preciosa? Los hijos de Dios deben acercarse a Él, moverse hacia El y vivir en comunión con El.

Cuando Santiago habla de resistir al diablo y acercarse a Dios, él se refiere al orgullo y a la humildad. Escuche: “Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros”. (Santiago 4:6-7)

El negarse orgullosamente a rendirse a Dios, hace al diablo lo que es. Un escritor famoso se imaginaba al diablo murmurando provocativamente: “es mejor reinar en el infierno que servir en el cielo”.

Orgullo significa pretender vivir independientemente y no querer nada en absoluto con el que nos hizo. Esto significa pensar y querer actuar como si Dios no existiera, como si nosotros fuéramos Señores de nuestros propios derechos.

Humildad es exactamente lo opuesto. Es un sentido de gratitud por depender de Dios, un gozo por pertenecerle y la confianza de entregarse a su voluntad. Cada insinuación de humildad es un paso en dirección a Dios.

Esto significa acercarnos a Él y abrirle nuestras vidas.

En nuestra relación con Dios a través de Cristo, confiando en El, entregándonos a Él, aceptando Su gracia, encontramos la fortaleza que necesitamos en contra de los poderes del mal.

Por esa razón el apóstol Pablo exhorta a sus compañeros a “fortalecerse en el Señor y en el poder de Su fuerza” y a “revestirse con toda la armadura de Dios para la batalla cristiana”.

Entonces, aquí está la respuesta: cada vez que sea tentado a apartarse de Dios y vanidosamente seguir su propio camino; diríjase hacia El, llámelo en su ayuda y asegúrese con Su fortaleza. Esa es su primera línea de defensa. ¡Hágase fuerte en el Señor!

Uno de los principales objetivos de Satanás es intimidar a los hijos de Dios y asustarlos para que no sean sus discípulos ni testifiquen.

Algunas veces lo hace promoviendo la persecución. Así lo hizo con Jesús, con los cristianos del primer siglo y con los mártires de cada generación. El diablo nos amenaza con horrendas consecuencias si seguimos a Cristo. Pedro lo describe como “un león rugiente buscando a quien devorar”. El sabe a qué le tenemos más miedo y sabe cómo manejar nuestros temores.

Pedro escribe: “resistidlo firmes en la fe”. Y Pablo nos exhorta a tomar el escudo de la fe para apagar los dardos de fuego del maligno. La fe es el antídoto para el temor.

En cierto sentido, el diablo es un alardeador y un engañador. El trata de hacernos creer que es más peligroso de lo que realmente es.

Es como uno de esos peces de las profundidades marinas que se inflan para atemorizar al enemigo engañándoles con su apariencia.

Ellos lucen como destructores, pero en realidad son globos de aire. Satanás puede ser un león rugiente; pero por causa de Cristo, es un encadenado. Nosotros somos más que vencedores por medio de Aquél que nos amó.

“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y El se acercará a vosotros”. Santiago 4:7-8

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